Lejos parece quedar el debut en largo el año pasado de Iguana Death Cult, "The First Stirrings Of Hideous Insect Life", donde el cuarteto de Rotterdam mostraba al mundo una dosis de rock cincuentero a la par que sesentero, garage y fuzz, las cuales son sus señas de identidad, bien ataviadas de nuevo en "Femme Fatale", 7" via Six Tonnes De Chair Records, en lo que es la primera puesta en escena de lo que será su segundo álbum de estudio (en algún momento todavía sin especificar), integrando dos máquinas de matar que pasan el rodillo por encima del ritmo acompasante con el que empieza el tema que da nombre al álbum, haciendo que encabronados, se dirijan, via el punk vocal de Jeroen y Tobias, hacia una encrucijada casi militar que se desfoga con unos riffs que hacen soñar con un cambio que dura lo que una piruleta a la salida de un colegio, poniéndose la cosa dura para dar entrada a 'Faster Faster', la cual hace honor a su nombre y apellido, apuntillando la orquesta, a modo de Ty Segall, un nombramiento como cara B que la hace saltar por los aires al sentir que en esa posición se le ha faltado al respeto, vengándose provocando que los dientes salten por los aires, por muchos brackets que uno lleve fijado, a base de golpes que no se ven venir, cebándose de nuevo de cara al final con estas mismas armas, para llevarse un triunfo que es celebrado con confeti fuzzero endemoniado por un ritmo atemporal que acaba consigo mismo.
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Iguana Death Cult - The First Stirrings Of Hideous Insect Life
La portada del álbum debut de los roterdamnianos Iguana Death Cult muestra la dura realidad con la que el resto de humanos debe convivir cada día, que es la de formar parte de su show de marionetas, en el que uno no deja de bailar con esa mezcla se swing-blues-rock de alcohol de alta graduación, bebiendo 'Pyramids' de este dulce brebaje, que empuja a Uma Thurman y a John Travolta a la pista sin tomarse un tiempo de preparación para ello, mientras el descarrilamiento vocal de Jeroen Reek, amparado en la instrumentación de su propia guitarra así como la de Tobias Opschoor, el bajo de Justin Boer y la batería de Arjen van Opstal, se va haciendo más que patente, bajando y subiendo por las colinas no existentes de su Holanda natal, acabando todo en un pogo del que 'The Dreamer' nada recuerda, invocando a The Parrots y al rockabilly mediante consignas tales, que el micrófono va subiendo frecuencialmente hasta alcanzar una agudez tal, que lo masculino parece transformarse en femenino, sacando tajada de ello 'Can Of Worms', la cual se pone brutota gracias a al run run escudero del bajo, que incita sin querer quererlo a que los vocales escupan todo el punk que llevan dentro de una forma imberbe como es la de los berridos.
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